SILENCIO ATROZ- Por José Luis Trejo- Río Negro, Argentina
- Pensando En Voz Alta
- 4 jun 2024
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Le resulta llamativo ese silencio en la mañana. Lucía, alza la voz mientras prepara el desayuno. Aún con la remera larga y raída que usa para dormir, va y viene apurada por la cocina. Una radio encendida informa sobre el clima, sonido de tazas, cubiertos y liquido vertiéndose. Aromas de café y pan tostándose humedecen la boca. Varias veces abre el refrigerador, busca alimentos, mastica un trozo de pan. Llama a Joaquín una, dos, más veces. Jorge, sale del baño, va a la cocina, mientras se sirve café, también alza la voz. La mesa con el desayuno para Joaquín está casi lista. Lucía retuerce un repasador, lo arroja con violencia sobre la mesada y se dirige a la habitación de Joaquín. Protesta con insultos al recorrer el pasillo hasta la habitación. Da dos golpes en la puerta y abre. La escena la paraliza, con su mano derecha tapa su boca, frunce el entrecejo, la primera lágrima rueda por la mejilla. Jorge apaga la radio, el silencio lo alerta, desanda el camino a la habitación. Encuentra a Lucía sentada sobre la cama de Joaquín sin desarmar, la mochila del colegio en el piso, en uno de sus bolsillos su teléfono. Jorge recorre toda la casa, va hasta el patio trasero donde la bicicleta está en el lugar de siempre. Vuelve a la habitación, Lucía sigue inmóvil. Lucia va a su habitación, se saca el pijama y se pone la ropa que encuentra, las zapatillas. La coquetería, que siempre fue su fuerte, la ignora. Abre la puerta que da a la calle y sale, mira a un lado, al otro de la vereda, también Jorge. La barriada está desierta, un par de perros deambulan olfateando canastos de residuos.
Lucía observa que Jorge niega con la cabeza, cierra los ojos, la mano recorre su cabeza, con la punta de los dedos rasca su nuca, tiembla, la mueca de su rostro la inquieta, no, no puede ser, dice, da media vuelta, corre, entra a la casa, va a la habitación, arrima y se sube a la mesa de luz, con las dos manos, busca algo sobre el techo del ropero, desliza la mesa y vuelve a subir. Tantea con las manos, baja, se sienta lleva las manos a su cara, rasca su cabeza, dice en voz baja, en un susurro, no puede ser, no puede ser. Sabía que esto iba a pasar y vos también lo sabías, le dice Lucía moviendo los labios, apretando los dientes, apoyada en el umbral de la puerta, niega con la cabeza. Para qué mierda tenías esa pistola, mil veces te dije que de desprendieras de ella, le reclama Lucía ya en un tono alto. Es un recuerdo del viejo, responde Jorge mirando el piso. Hay que ser pelotudo para tener un arma, grita Lucía yendo a la cocina, apaga la cocina, desenchufa el tostador, toma la campera, mientras se la coloca, vuelve a la habitación. Jorge sigue sentado. Te vas quedar ahí sentado o vas a hacer algo, le dice Lucía, se ata las zapatillas. Haga lo que haga Joaquín lo voy a apoyar, dice Jorge colocando la mesita en su lugar. ¿Qué decís pelotudo? Si nunca hablaste, jamás te preocupaste por algo de él, grita Lucía con lágrimas y una mueca en su rostro. Ni cuando estuve enferma te ocupaste, tuvo que venir mi hermano a darme una mano, hijo de puta. Tu viejo que tanto lo querés, nunca vino a visitar al nieto, tu vieja menos. No es momento de hablar de eso, dice Jorge, no metas a ellos en esto. ¿Quién se hizo cargo de Joaquín desde que llegó a nosotros? Vos seguro que no, eso lo tengo bien claro, camina nerviosa por la habitación. Vos seguís con tu rutina, ir al trabajo, volver, esperar a que te sirva la comida y a dormir, no preguntás cómo anda Joaquín, cómo le va en la escuela, si necesita algo, nada. ¿Alguna vez lo llevaste a la plaza cuando era chico? Nunca jugaste con él, ni a la pelota, ni a la escondida, a nada. Por favor Lucía, no es hora de reproches, es momento de buscar y encontrar a Joaquín. ¿Desde cuándo te preocupa saber de Joaquín? O querés recuperar el arma, dale decime, hablá, las manos de Lucía empujan a Jorge que retrocede hasta que su espalda toca la pared. No te das cuenta de que esto es una mierda, Lucía le habla mirándolo a los ojos, la cara pegada a la de Jorge. Solo te preocupas por lo tuyo, de nosotros nada. ¿Cuánto hace que no me tocás? Soy mujer, tengo deseos, me caliento ¿Y vos? ¿Tenés deseos? ¿Te calentás? Desde hace bastante tiempo veo que no. A no ser que estés cogiendo con otra. Lucía te estás pasando, le dice Jorge, intenta salir de ese encierro. No te escapes, hijo de puta, las lágrimas de Lucía no son de tristeza ni angustia. Ya hemos hablado de nuestra situación Lucía y hemos acordado algo en su momento. No me interesa lo que hablamos, ahora es ahora, vos te comprometiste con Joaquín, qué te pasa ahora ¿te querés arrepentir? No pasa nada Lucía, déjame salir. No te dejo una mierda, yo sé lo que pasa, te cayó la ficha y me querés dejar. Hicimos un acuerdo, cuando yo salía de la cárcel con Joaquín, aceptaste ese hijo que no era tuyo. Pero si te querés ir andate, la verdad me interesa un carajo lo que hagas. Lucía se aleja, se sienta en la cama, llora. Jorge despega la espalda de la pared, se acerca a Lucía. Iba a tocar su cabeza, lo sobresalta golpes en la puerta de calle, los golpes son continuos y enérgicos. Lucía también se sobresalta, Jorge camina y abre la puerta, se sorprende al ver dos oficiales de policía. Esta vez, a Lucía, el silencio la horroriza.
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