PIOJOS- María José Devia
- Pensando En Voz Alta
- 6 nov 2023
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Mis piecitos entraban en los treinta centímetros por treinta que medía la baldosa. Las guillerminas blancas resaltaban en el piso gastado del salón de actos. Todas estábamos en fila mirando el suelo. Yo estaba al final, pero sabía que faltaba poco para mi turno. Mi mamá me había hecho dos trenzas. Mis liendres se veían como peatones en las veredas y los piojos cruzaban de lado a lado como autos en una avenida.
Crucé mis manitos transpiradas pidiéndole a diosito que la directora dejara de revisar cabezas. Por cada piojo que veía, la señora Mercedes le gritaba a la dueña del parásito y le decía: “¡Sucia!”.
Mis pies estaban tan fijos en la baldosa que si perdía el equilibrio me caería. Podía fingir un desmayo. Nadie iba a sospechar, en los actos siempre me desmayaba. Un sudor frío me recorría el cuerpo. Tenía la nuca húmeda. Mi abuela decía que con el pelo mojado los piojos se ven mejor.
Por cada paso que la directora daba, una niña empezaba a llorar. Desde el final del pasillo nos espiaban los varones. Ellos no tenían piojos porque usaban el pelo corto, repetía la señora Mercedes.
“¿Qué hace su madre todo el día en la casa que no le revisa la cabeza?”, le dijo a Mariana apenas le levantó la prolija media colita que lucía su cabello. Mariana empezó a llorar. Yo no sabía llorar en público, pero sabía desmayarme. “¡Carina! ¡Pelo corto como un muchacho para nada, piojosa!”. Carina se tapó la cara y lloró. En ese momento, yo quería ser varón.
Yo tenía piojos. Siempre tenía piojos. Me los sacaban con facilidad, pero no me abandonaban. Mi turno. La señora Mercedes se ubicó frente a mí, me apretó las orejas y me obligó a apoyar el mentón en el pecho. “¡Báñese con vinagre o mañana no entra a la escuela! ¡Mugrienta!”. No pude llorar, ni desmayarme, estaba demasiado concentrada en mi deseo de ser varón por un rato.
Esa tarde mi abuela y mi mamá cosecharon piojos y liendres de mi cabeza hasta que cayó la noche. Al día siguiente llegué a la escuela con una trenza bien firme y un montón de vergüenza como el resto de las nenas. Los varones nos miraban y se burlaban.
Esa mañana, mientras copiaba la tarea de matemática del pizarrón, vi un piojo caminando por la cabeza de Nicolás. Le mostré a Mariana. Mariana le mostró a Carina. Y así una a una hizo correr la voz. Nos reunimos en el recreo. Algo debíamos hacer. Cuando la directora se enterara nos iba a volver a revisar hasta encontrar quién era la culpable de transmitirle nuestro mal a los varones.

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