LUNÁTICOS- Por Enrique Isarra Puente de la Vega (Perú)
- Pensando En Voz Alta
- 4 oct 2023
- 4 Min. de lectura
Lunes. Despertador. Cafeína. Tráfico. Prisa. Trabajar…
No deberían existir los lunes. ¿A quién se le ocurrió ese día? Apenas me voy acostumbrando a ser libre un fin de semana y ya es lunes de nuevo. Es como si estuviera agarrando el sueño y de repente despierto sentado en el trabajo y frente a una pantalla, como en un bucle infinito que se repetirá hasta el día que muera o hasta que sea viejo y me desechen como un papel sucio en el basurero.
Los mejores minutos en esta oficina son aquellos en los que me permito esconderme en el baño, un pequeño rincón colectivo que se hace mío por breves instantes y en donde el reflejo del espejo parece recordarme que existo. Pero hasta esa breve conciencia me traiciona cuando veo la meadera que dejaron al lado del urinario. ¿Quién carajo no tiene la habilidad y puntería de encajar su propia mierda líquida en un recipiente tan grande? ¿Qué clase de autómata no es capaz de distinguir su estupidez? ¿Acaso es tan difícil entender que estas fallando en la tarea más sencilla que tiene el hombre?
Debería ir por cada uno de esos ridículos escritorios blancos, buscando al inepto meón y desenmascararlo frente a todos.
¡Pero no! Algo me obliga a conectarme a esa pantalla negra que todos los días me mira. Pensar que de niño la admiraba, que lo único que quería era estar frente a ella, salvando al mundo de alienígenas digitales, rescatando princesas y recogiendo monedas escondidas en los muros. Las pantallas de los adultos solo juegan con barras de Excel en donde tienes solo una vida que la vas perdiendo lenta y miserablemente.
Trato de concentrarme en el trabajo, pero mis ojos escapan hacia la ventana, en donde aún queda un pequeño espacio que filtra un sol colosal que cubre todo el parque. Una inmensa luz alegre y cálida que parece darle vida a los pocos árboles que sobreviven en la ciudad. No como esta luz artificial y blanca de oficina, creada para obligarme a no dormir en las horas extra. Al mirar ese pequeño escape, siento nuevamente que estoy en el baño, siendo inconscientemente consciente de una consciencia que me...
¡Ramiiiirez!
La voz aguda y apitucada de mi jefa me despierta. Parece que cada vez que habla conmigo busca una excusa para vomitar los títulos y trabajos que ha tenido en su vida. Se queja de que en este país no la entienden ni valoran y luego de su eterno discurso, me pide algo que ella debería saber hacer, pero no sabe. Es un típico urgente. Una tarea que a cualquiera debería tomarle por lo menos una semana ¡pero ella lo quiere para hoy!
Vuelvo a mi lugar y siento que esta vez la computadora se conecta a mí. Los correos llegan, el teléfono suena, el sol cae y dentro de mí algo también cae en silencio, casi sin darme cuenta.
Y nuevamente mi eterno dilema, una conversación con alguien que parece ser yo mismo y a su vez parece ser otra persona:
¿Por qué hago esto? Por dinero ¿Por qué me hago esto? ¡Por dinero! ¿Qué debería de hacer? Solo hazlo bien ¿Por qué si no tiene sentido? ¡Solo hazlo bien!
Desisto.
Vuelvo a la pantalla y me pierdo en el teclado. Las palabras fluyen mientras fuerzo el silencio y el olvido de todas aquellas cosas tan interesantes que podría estar haciendo en este mismo instante. Sé que hay toda una gran lista, pero me he convencido de que nada de eso será posible sin dinero, aquel pedazo de papel que hemos imaginado colectivamente como un dios que concede deseos si te portas bien.
A unos minutos de terminar la urgente tarea, salgo del trance para descubrirme solo en la oficina. No hay rastro de mi jefa y todos mis compañeros también parecen haber desaparecido. ¿Acaso nunca existieron? ¿Será esto un invento mío o de alguien más? Por unos segundos todo parece ser una especie de sueño o broma macabra que recrea un infierno personal.
El inconfundible sonido de la puerta del baño me trae de vuelta a la realidad. Qué alivio saber que no solo yo existo a esta hora y en esta prisión de paredes blancas que amablemente llamamos trabajo.
Seguro que es Rivera. Él también tiene un par de hijos por los que aguanta esta condena y muchas veces he compartido con él estos involuntarios y nocturnos horarios. Por alguna razón aflora mi orgullo al pensar que me verá aquí, al pie del cañón, trabajando horas adicionales como dicen que todo adulto responsable y productivo debería de hacer.
Pero no es Rivera. Es la señora de la limpieza. Amablemente me saluda y me sugiere descansar mientras se retira. Aprovecho para entrar por última vez a ese pequeño rincón de calma que ahora luce limpio, sin manchas y con un fuerte olor a cítrico artificial. Orino mientras mentalmente repaso los últimos detalles que le faltan a mi trabajo, en lo que mi jefa me dijo y en las cosas que pude haber hecho con mi vida en todo este tiempo.
Me lavo las manos. Me veo al espejo. Ya casi ni me reconozco. Apago la luz antes de salir de mi rincón seguro, pero de inmediato, algo dentro de mí hace que de nuevo la prenda. Hay una meadera en el piso.

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