El último viaje- Por Luis Alberto Seroni (Bariloche-Argentina)
- Pensando En Voz Alta
- 17 ene 2024
- 4 Min. de lectura

La ambulancia llegó tarde como siempre. Alertó al barrio como tandas veces, pero esta parece ser la última. El camillero bajó y casi se cae a la zanja, la camilla se clavó en el barro pero consiguió llegar a la vereda.
—Disculpe, pinchamos una goma y estas dos cuadras sin asfalto nos demoró más.
Tiene cara de bueno, y le pone ganas. Atrás llega el chofer con el pucho pegado a los labios y el hilo de humo le trepa la cara hasta el ojo, haciéndolo lagrimear.
—¿Dónde está el enfermo?
La palabra enfermo me entró como una puñalada en la carne.
—¡Miguel se llama! Y es mi amigo, mi amigo de la vida, un poco más de respeto. Se disculparon con una mueca.
Miguel está en su cuarto, habla con lengua de trapo frases incomprensibles. Es una bolsa de huesos, el cáncer, insaciable, lo está devorando por dentro. Por fuera, su color amarillento y las llagas invadieron su cuerpo. El dolor está en su cara, en sus ojos, en el aire y en quién lo mire. El camillero mostró su asombro, sus cejas casi que se escapan de su rostro. El chofer aprovechó para sacarse el pucho de la boca y darle una pitada profunda, le echó una mirada de reojo con aires de haberlo visto todo.
Lo destapé con delicadeza de abuela, la sabana está pegada en las llagas y la cara de Miguel me recuerda a Munch. Lo cargaron en la camilla sin esfuerzo, se pueden ver los huesos punzantes en la piel amarillenta y delgada como alas de libélula. El hueco del colchón y la mancha de sangre llevó mi mente al pozo de zorro en Malvinas. Es frío y tiene olor a muerte. Sentí una punzada en el pecho. Subí a la ambulancia y le tomé la mano dudando si percibía mi presencia.
—¡Todo va a estar bien Miguel!
Me sorprendo diciendo una frase hueca. Me culpo por ser tan básico. La sirena me despabila, ya estamos en camino al hospital.
Le hablo al oído un poco para que se sienta acompañado y otro poco para entretener mi mente que parece una locomotora desbocada.
—¿Te acordás esa noche Miguel? La noche que quedamos solos sin jefe de grupo en las Islas, el bombardeo a la compañía B y el cielo se iluminaba por las bengalas. Y vos que no parabas de comer ciruelas disecadas, y para colmo las bajaste con agua tónica.
Emprendimos la retirada a Puerto Argentino caminando separados cada cinco metros. ¿Cómo olvidarlo no? Empezaron a bombardear el camino. Los hijos de puta tenían detector de calor, a pesar que nuestros cuerpos tiritaban de frío, igual nos detectaron.
Fue buena la idea de Daniel de caminar separados y si caía una bomba no nos mate a todos juntos.
Nos tiramos cuerpo a tierra con el culo pegadito al piso. ¡Qué cagazo! Y vos con esos retorcijones que no paraban. Con esa diarrea que no esperaba, inoportuna como todas las diarreas. Te perdiste entre los pastos y nos viste alejarnos cada vez más chiquitos en el camino. Tu culo al viento y tu reflexión. Qué fea muerte, solo, cagando en medio de una guerra. Las veces que nos doblamos de la risa con esa historia, que sumaba detalles cada año. Ahora no parece tan graciosa, falta tu risa.
Una frenada brusca me trae a la ambulancia.
—¡Che con cuidado, boludo, no llevan ganado!
Miguel se asustó y llevó su mano al pecho. Me miró, sus ojos quieren hablarme. Ya a esta altura me di cuenta de que le hablaba para no sentirme solo, y el silencio se hace insoportable. Siempre fui muy cagón para estas situaciones de dolor ajeno. No logro controlarlas, tengo varías en mi haber: cuando mi hermano se quebró la pierna y el hueso se asomaba, con la agonía de mi viejo en el hospital, hasta en el nacimiento de mi hija caí redondo al piso. Me abracé a mi egoísmo y seguí llenando el silencio con historias.
—¿Te acordás Miguel en el regimiento cuando me enseñaste a calentar agua para el mate con cable pelado dentro de la pava? Y yo siempre con el mismo chiste de invitarte a poner el dedo para saber si estaba caliente y vos lo festejabas como si lo hubieses escuchado por primera vez.
Su respirar es pausado, el ronquido de la muerte se hace escuchar. Miguel quería morir en su casa, ¿por qué mierda lo estoy llevando al hospital? No tengo respuesta. De lo que estoy seguro es que la esperanza no subió a la ambulancia. Las luces rojas de los semáforos entran por la ventanilla e iluminan color sangre el suero.
Ahora con sus dos manos en el pecho me vuelve a mirar tratando de decirme algo con sus labios agrietados. Sus ojos no encuentran las palabras y el ronquido se acelera. Pongo mis manos y hacemos un manojo de dedos. Recuerdo la noche que bombardearon de madrugada, también estábamos así, pegaditos como dos adolescentes viendo una película de terror y nos castañeaban las mandíbulas al ritmo de una zarzuela.
Miguel se retuerce, cruje, balbucea una frase que no entiendo.
—Tranquilo amigo, ya estamos llegando.
No puedo parar de hablarle.
¿Y cuándo volvimos al regimiento y los familiares de los caídos estaban esperando por sus hijos, y nos preguntaban a nosotros? Los apellidos de los muertos nos perforaban los tímpanos.
Duros quedamos, pálidos como fantasmas y nos miramos como ahora. Sin encontrar palabras. Parados en un silencio frío y hondo. La ambulancia apagó la sirena y se desliza por la autopista.
Miguel tiene el puño cerrado en su pecho. Trata de levantarse y me ilusiona que quiera seguir dando batalla, pero no, quiere hablarme al oído. Lo calmo y me inclino. Cortá la medalla, susurra. No logro entender. Abre el puño, ahí está, la medalla troquelada con su número de documento que nos dieron en Malvinas. Me niego. Se la saco y la cuelgo junto a la mía. El entrechocar de las medallas me lleva nuevamente a Las Islas, escuchó el tintinar de los rosarios en las cruces del cementerio de Darwin. El frío gélido de Malvinas entró en la ambulancia. Yo sigo hablando. Es mi manera de no dejarlo partir.
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