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Decisión- Por María Silvina Martinicorena Moreira (Salto, Uruguay)

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 13 jul 2023
  • 4 Min. de lectura

La mañana amaneció helada. Sobre el pasto, la escarcha formaba un colchón blanquecino y el cielo era gris. El viento frío golpeaba en las alas de los pájaros que se atrevían a volar. Ahora, era todo quietud, en la noche temprana había sido todo una locura, el desborde del arroyo cercano a la playa había traído mugre, animales y tierra, había entrado en las casas y los habitantes corrían desesperados.


La casa, que tenía lo imprescindible, como todas las casas de la zona, era cómoda. Cada mañana se repetía la jornada de ordeñar las pocas cabras que todavía daban leche y salir por la zona a repartirla, pero esa mañana no se sabía a dónde habían ido a parar las cabras. Los pocos clientes de la leche estaban ocupados en las faenas de limpiar y recuperar lo arrastrado por la corriente la noche anterior.


Laura y Manuel se habían levantado como podían y no tenían ánimos para ponerse a limpiar el desorden, tampoco ninguno de los dos manifestó interés de salir a buscar las cabras. Laura ya había atendido al padre de Manuel toda la noche, no había sido una buena noche para él, ahora dormía.


—¿No vas a hacer nada? – le dijo Laura a Manuel

—¿Qué querés que haga, Laura?- dijo él

—¡Llevamos mucho tiempo esperando esta oportunidad, Manuel! Todo el pueblo está con la cabeza en este problema ahora, qué otra oportunidad vamos a esperar, el viejo se está muriendo igual, podemos largarlo río abajo y decir que la corriente lo llevó.

—¿Estás loca, Laura?

—No, no estoy loca, es la única oportunidad que tenemos si queremos salir de este pozo. El viejo no te va a dejar nada para vos, ¿ya lo sabes no? ¿O falta que te diga algo más para entender? Después de todo lo que lo cuidamos…

—¡Laura! Estamos mal, ¡pero nos vas a mandar presos a los dos!

—¿No entendés? ¿Te querés morir así, Manuel?, porque si querés morirte así, morite vos; yo no me voy a quedar de brazos cruzados esperando nada.

—¡Estás loca!

—¿Por qué ahora das marcha atrás? Sabés que el viejo se va a morir igual en cualquier momento. La única diferencia es que le podemos cortar el sufrimiento antes, ¿o vos creés que no está sufriendo con esa enfermedad de mierda que le va comiendo todo el organismo de a poco? Solamente apuramos un poco más la cosa, detenemos antes el sufrimiento, ¡hasta tu Dios nos va a estar agradeciendo!

Laura golpea la mesa, empieza a dar vueltas en círculo alrededor de Manuel.

—¡Pará, Laura, no me dejás pensar!

—No te dejo pensar porque es ahora o nunca más, solo vos te cuestionás lo del viejo, a nadie más le interesa. A tus hermanas les dejó de interesar hace mucho, lo único que les interesaba era la fábrica y ya es de ellas, ya la perdiste, y nosotros acá, cuidando al viejo cada día para que me escupa, me grite cualquier cosa ¿a vos te parece justo?

—¡Así que es eso! El médico nos explicó Laura, él está mal, no es él, no sabe lo que dice cuando se pone así, es la enfermedad y vos aceptaste ayudarme a cuidarlo.

—¡Ah sí, claro! ¡Ayudarte! Como bien dijiste. Pero no estoy viendo tu ayuda. Soy yo la que me banco que me diga desde perra a todo lo demás que me dice desde que lo limpio cada mañana, porque soy yo la que lo limpio. Es tu padre, pero soy yo, vos no movés un dedo por el viejo, ¡no señor!

—Es porque vos sabes cómo hacer esas cosas, Laura, yo no sabría cómo hacerlo, además tengo que salir cada mañana para la fábrica y no es sencillo para mí. Te agradezco lo que haces por nosotros, vos sos la mujer de esta casa, estoy seguro que el viejo algo nos va a dejar.

—¡Ja!

—¡Por favor, Laura! Si querés irte andate, es mi viejo, ¡si es lo que te tiene mal, andate!

—Dale, ya me voy, junto mis cosas y me voy.

Mis años te dejé y me dejás así, ¡cobarde de mierda! ¡Sos igual que el viejo!

—Esperá, Laura, No te vayas, estamos muy alterados los dos, esperá, dame tiempo.


Laura entró en la habitación contigua y Manuel se quedó sentado en la mesa de la cocina agarrándose la cabeza con ambas manos. Vinieron a su mente los recuerdos de cuando Laura había llegado a la casa para ayudarlo a cuidar a su padre, desde el principio se enamoraron profundamente. La relación con las hermanas de Manuel resultó ser conflictiva. Desde que su padre había empeorado, Manuel se limitaba a cumplir a rajatabla las órdenes de sus hermanas, para evitar más conflictos de los que ya había.

Manuel piensa en su padre, un hombre que vivía para dar órdenes y pensar en grandes cosas, que se ha convertido en otro, se pregunta qué le gustaría de estar en esa situación y se responde de forma inmediata. Va hacia la habitación contigua, sabe que Laura está exhausta, golpea a la puerta, como sucede cada vez que tienen una discusión y ella le contesta que pase, su voz se siente mucho más calmada.

—Laura, te vengo a pedir disculpas. No quiero que te vayas.

—Manuel, no te preocupes

—Contame, ¿cuál es el plan? Porque eso de tirarlo al río era una exageración ¿no?-

—Manuel, mi plan es irme.

Lo demás es asunto tuyo.



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