BAJO LA LUPA- Por Silvina Martinicorena, Uruguay
- Pensando En Voz Alta
- 31 may 2024
- 5 Min. de lectura

El día empieza con el pie izquierdo, a las 6:30 en punto atravesamos el portón que da a la calle y salimos, en upa. Apenas amanece y el barrio todavía duerme. Llegando a la avenida busco en la mochila y recuerdo que me dejé los documentos y el cuadernito arriba de la mesa, una puteada y vuelta para atrás, a recorrer las mismas cinco cuadras lo más rápido posible para llegar a tiempo.
Qué ganas de acostarme de vuelta y pedir otra fecha, pero no puedo hacerlo. Esa nunca fue una opción. Transpiro, pero tengo la cara helada, el aire de la mañana ya está fresco. El Salva protesta, no lo agarro como él quiere y se queja, intento acomodarlo, pero mis brazos no dan más y me tiemblan las piernas. Por la calle que cruza pasa el ómnibus, casi todos los asientos están vacíos y va para el lado de la Poli. Tampoco es una opción. De todas formas, ya estamos a menos de una cuadra me digo, nos digo y canto una canción que se me ocurre sobre el ómnibus y las piernas fuertes de mamá. En el fondo tengo ganas de putear porque las piernas y las caderas me duelen, pero llevo un niño en brazos, tengo que hacer las cosas bien.
Estamos desde las siete de la mañana esperando entre estas cuatro paredes y ya son casi las diez. La enfermera le dice a otra que la doctora no está de humor, desde el Covid, mucha gente y niños con mocos la alteran, dejan escapar una risita entre dientes.
Los niños lloran, gritan, juegan, las madres rezongan, se quejan, algunas les dan la teta, otras el celular, el Salva no se queda quieto, gatea por debajo de las sillas, aparece, se ríe, después quiere un juguete que tiene otro y como no se lo da, llora, lo empuja y tengo que decirle que eso no se hace, la madre del otro nene se ríe. Intento entretenerlo, darle la teta para que este más calmo, pero quiere andar. Le podría dar el celular, pero no puedo, tengo que levantarme y andar con él.
Cuando nos toca el número y entramos, la doctora nos saluda sin mirarnos a la cara, mira solo la pantalla y escribe, aunque nos atiende desde que era bebé no sabe ni cómo me llamo entonces me dice madre, me da un sermón porque los controles están atrasados, después me pregunta si lo llevé al dentista y le empiezo a explicar pero no me escucha y escribe en su computadora, en un momento levanta la vista, mira los datos en el cuadernito y lo mira al Salva, me dice que no subió de peso, le manda exámenes, le quiero explicar pero de nuevo no me escucha. Le pide que se suba en la camilla y cuando lo voy a ayudar me dice que lo deje, que si él lo puede hacer solo no lo haga yo por él. Mierda, si no lo ayudo y se cae, es mi culpa. Me habla del nerviosismo del Salva, de las pantallas, del destete porque ya está grandecito y estamos los dos muy flacos, me mira por encima de sus lentes y me dice que tengo que comer más, sino me va a mandar una prueba a mí.
Siguió así un rato más pero mi cabeza ya se había ido a pensar en qué cocinar más tarde porque no tengo carne en casa, me quedé sin gas y no quisiera de nuevo ir a pedirle a las del jardín que me den un poco de leche. Aunque las chicas son muy buenas, en el fondo me da miedo que piensen que no puedo hacerme cargo. En eso, el golpe en la mesa. Me pregunta en que estoy trabajando, le cuento de las bolas de fraile, un éxito, hasta puse un puestito y vendo ahí, me salen muy ricas y ya se corrió la voz, es casi toda ganancia, no me da para hacerme rica, pero me da para vivir bien y puedo cuidar al nene. Me pregunta cuándo tengo que salir sin él, con quién lo dejo y le digo que con la tía, me pregunta si es responsable, a lo que le respondo que por supuesto y muy estudiosa la tía.
Ahí mismo me abre la puerta para que salgamos, antes de cerrar me dice que se quedó preocupada por mi estado y que va a dar aviso, me da un dolor en el pecho que me paraliza, todo mi mundo se viene abajo, le ruego que no lo haga, me dan ganas de llorar, de gritar, es lo único que tengo, le digo, le prometo que en la próxima visita todo va a estar mejor, asiente con la cabeza y cierra la puerta.
Lo único que pienso al salir de ahí es que tengo que hacer algo con mi vida, el Salva necesita estar bien, tengo que encontrar la manera de generar algún ingreso para nosotros. Al Salva no le digo nada de esto, él es muy chiquito para saber de todas estas mierdas de preocupaciones por culpa de ser mi hijo. Le digo que esta todo bien, que nos arreglamos solos, jugamos, cantamos y gritamos fuerte para que todos los miedos se vayan.
Desde que el Salva está en mi vida todo cambió, solo un milagro o un salvador podían sacarme del pozo de mierda en que estaba, solo él me dio fuerzas para salir, para dejar el pasado atrás, olvidarme de lo que me hicieron y pasar la página.
Una vez en el jardín les muestro el cuadernito de la Policlínica a las maestras y les explico que por eso llegamos a otra hora. No fue necesario contarles que tuve líos con el padre de nuevo, en el barrio todo se sabe. No sé dónde está ahora, pero denunciarlo no quiero, para qué, ahora estamos solos con el nene, no creo que vuelva porque le juré que la próxima vez lo denuncio.
Lo veo irse con la maestra, entre lágrimas, yo me vuelvo a casa. Pongo a calentar agua, pienso en el gas, en la carne que no tengo en la heladera, en las del servicio que me van a estar vigilando de cerca para ver cómo está el nene, si subió de peso, si no enferma, si se alimenta, si duerme. Si pudiera invertir en esa idea de las bolas de fraile, podría ganar algo y podríamos vivir mejor. Voy a buscar el celular, lo enchufo y busco el mensaje que mandó hace unos días el Bocha, le empiezo a responder, borro, lo dejo, busco a la Majo, es preferible escribirle a ella y pedirle ayuda, ella siempre tiene alguna idea, pero no, está enojada conmigo y solo por eso puede dar aviso, le respondo al Bocha, que en este momento y solo por ahora puedo, única vez.
Me pasa a buscar enseguida y me dice que me estaba esperando, que este trabajo es justo para mí, no tiene riesgo alguno, es casi regalado. Nos vamos y me entrega un fierro, que me niego a agarrar, pero me aclara que es solo para asustar, por las dudas, el dueño de la casa es un viejo que está de viaje y no deja a nadie. Tenemos cancha libre. Hacemos todo en silencio, pero tranquilos, no hay vecinos, es seguro, hay cosas de valor. Le cuento al Bocha de mi sueño, se ríe, me dice que el padre tiene que ayudarnos, solos estamos mejor, le digo que mañana mismo empiezo a comprar todo lo que necesito para empezar. Vamos a salir adelante, solos. No necesito a nadie. De pronto sirenas, luces y los vemos, nos vamos corriendo por atrás, pero nos acorralan, el Bocha les tira, una, dos, tres veces, le da a algunos y le dan a él, me arrastro para escapar pero me agarran, me golpean, me esposan y me sacan el arma.
Pienso en mi Salvador, en las bolas de fraile, en la tía que mi hijo no tiene, en la doctora, en el jardín, en los documentos que me olvidaba arriba de la mesa y en quedarme a dormir.
Relato realizado en el marco del Seminario "Malamadre, deconstrucción de la maternidad hegemónica"
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