Una licuadora rota- Por Emilio Zizumbo Castañon (México)
- Pensando En Voz Alta
- 7 mar 2024
- 4 Min. de lectura

Me retuerzo con fuerza para que corra la sangre porque se me están durmiendo las piernas. Pronto me acostumbro a estar sofocada y me pongo a contar para intentar distraerme. Uno… dos… tres… sesenta… uno… dos… inhalo con fuerza el aire caliente que se vuelve más espeso al inundarme el cuerpo.
De las sombras nacen muros y bancas de madera. De las piedras negras exhala una luz rojiza y un tenue vapor. Una piel áspera y manchada por el sol resplandece. La espalda del viejo que suda en el sauna. Sobre una charola plateada le llevo el vaso de tehuacán con limón de siempre, con el que se remoja los labios agrietados. Se aclara la garganta llena de flemas y me mira con ojos de lagarto. Su mano libre me levanta la falda del uniforme y recorre mi entrepierna mientras yo me muerdo la lengua conteniendo un grito.
Abro los ojos porque arriba de mí están hablando. Mis orejas están mucho más cerca de las ruedas que de sus bocas y no distingo las palabras que se quedan en el colchón. Son como murmullos sin sentido pero sé que la voz que se escucha sobre mi cabeza es de una mujer. Siento que la camioneta abandona la carretera y se aventura al desierto, y yo con el cráneo aplastado contra las rejillas de acero intento no volverme a dormir. Los sonidos se apelmazan en mi cabeza y se dispersan hasta que vuelve el silencio.
La cocina tiene una barra de granito muy elegante, y ventanales que dejan pasar el Sol, y dan al campo de golf. Las aspas de una licuadora giran como histéricas despedazando el cuerpo de la sandía con su filo. Cuando le doy al botón rojo escucho el viento silbar entre los resquicios de las puertas y el rumor de la montaña y las risas de los niños jugando afuera sin saber lo que pasa en la sala, desde donde la señora me nombra varias veces. Primero murmurando, luego grita y me llama pendeja, mientras yo sirvo agua de frutas para sus hijos. El sonido seco de una bofetada me hace tirar la licuadora por accidente. Después de un breve silencio, los tacones inician su marcha y resuenan más a cada paso, como si estuvieran acumulando fuerza. La señora con los rulos de salón desarreglados y los cachetes llenos de lágrimas negras, entra a decirme que quiere que me vaya. No me bastó con arruinarle el matrimonio, ahora estoy destrozando su cocina, estoy arruinando su vida y yo solo puedo decir perdóneme señora y ser interrumpida con un agarras tus cosas y te vas.
Unas manos me jalan los pies y me sacan de las costuras del asiento. Las manos callosas y peludas, antes tersas y lampiñas, cuando también me jalaban los pies para tirarme del catre, obligándome a darle de comer a sus gallos, o para ponerme una golpiza por haberle sonreído a uno de los amigos que él había traído a la casa. Esta vez mi hermano tiene mejores intenciones. Me está ayudando.
Despierto de nuevo al sentir que mi torso resbala por el suelo de la cherokee lubricado en sudor y al salir no encuentro más luz que la de dos cigarros frente a un cielo azul marino, el desierto negro, y a la distancia, las lámparas blancas de la garita, que me recuerdan al penal de Mil Cumbres.
–¿Cómo la ves Rosa? Serían tres horas más así. ¿Las aguantas?
Me pregunta Martín tirando la colilla encendida al suelo. Detrás suyo está la mujer que venía sentada en mi cabeza pero no logro verle la cara. Con una voz ronca y curtida como la de mi madre les dice que me den algo de comer, entonces me pasan la mitad de un sándwich húmedo. Tengo el estómago revuelto y me da asco pero me lo como igual porque sé que lo voy a necesitar. Palpo mis pantalones. El dinero sigue ahí. Mis muslos están empapados, la cinta se despegó y traigo los billetes desparramados en la entrepierna. Le entrego todo a Toño, que se lo da a Martín, que se lo da a la señora.
–Falta– me dice la señora, dándole unas palmaditas a los billetes, con la calma de una piedra.
–Esto es lo que me dio mi marido.
–Dijimos cincuenta— dice Toño, poniéndose la mano en la hebilla.
–Déjalo, ya estamos aquí. Lo veo con mi cuñado cuando volvamos.
Me desmayo en cuanto se sientan encima de mí otra vez. No escucho a los policías, ni sé cuánto tardamos en cruzar, ni tampoco supe qué pasó con ellos cuando llegamos al otro lado. Al despertar, tengo las mejillas sobre la tierra, y estoy bajo un árbol de Josué. Frente a mí no hay más que un desierto resplandeciente y dorado, que me invita a quedarme a contemplarlo para siempre. Al tratar de levantarme caigo al piso pero no me venzo. Sacudiendo la tierra de mis manos ensangrentadas, voy dejando atrás el árbol. Los ojos me pesan y el sonido se desvanece por debajo de un silbido largo y agudo que me aturde y está a punto de mandarme a dormir, pero resisto. Por momentos creo que soy capaz de cruzar el desierto, por otros creo que no. No sé a dónde ir, así que sigo caminando hasta lograrlo o morir. Entre el Sol y mis pestañas puedo ver un nuevo trabajo, una nueva vida, un marido y una familia, una casa con tele en cada cuarto, un jardín, y muchas tardes empujando el carrito lleno de comida hasta la cajuela de la minivan o aprendiendo a hablar inglés. Voy pensando en eso y en nada más. Si me muero que sea soñando, me digo. Aquí, en este desierto de cactáceas y francotiradores, hay algo majestuoso que me muestra un porvenir. Es aquí donde uno le prueba a Dios que también merece sus frutos.
Comments