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QUIÉREME- Por Joselyn Delgado Andrade- Ecuador

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 29 may 2024
  • 4 Min. de lectura



De regreso a tus entrañas, atrapas las luces con sólo mirarlas. Por los pies entran las melodías que puedes oler y tocar. Un perro que se hace tigre te devuelve a la realidad. Acaricias las texturas de tu ropa, de tu piel, te sientes tan bien. Quieres más disolvente para la mente. Das una pitada más al porro. Pronto saldrá al escenario La Máquina Camaleón. Tus amigos están grifísimos. Tratas de no pensar en ella. Mañana la verás.

El polvo de los muebles te hace estornudar. Los platos están sin lavar. La gotera sigue sin reparar. Debes limpiar rápido. Arañazos en tus brazos. Esos los puedes tapar. Si te bañas, te quitarás el olor a hierba. Cada vez que cierras los ojos ves mandalas de todos los colores. No debiste tomarte todo el cuadro. Enciendes el aromatizador, ya mismo llegará tu mamá.

A veces quisieras que mamá te encuentre debajo de la ropa sucia. O tal vez tirada en el baño, en la bañera llena de sangre. Y que contemple por una vez en su vida el cadáver que eres. Quieres que desee gritar y no pueda. Quieres que llore hasta quedarse seca. Pero sabes que no pasará. Siempre obtuviste notas perfectas. Obtuviste una beca en el extranjero. No tuviste novio hasta la universidad. No bailabas, no fumabas, no tomabas. Y nunca fue suficiente para mamá.

El reloj marca las cinco y veintitrés. La arrendadora entra a la casa sin golpear y te amenaza en sacarte de patitas a la calle si no le pagas el alquiler. Le ruegas que no se lo diga a mamá. Que conseguirás el dinero, hasta tanto pasearás a sus perros. Acepta el trato. Cinco y veinticinco, recibes un mensaje de mamá. No vendrá. No da explicaciones. No pide perdón. Solo te escribe para decirte que no vendrá.

 Mamá no sabe que perdiste el trabajo. Que debes tres meses de alquiler. Y mucho menos sabe que hace seis meses Ernesto te dejó. Cuando se entere, ella dirá que es tu culpa, que a ti no te puede querer nadie. Son las seis de la tarde con trece minutos, tienes hambre. El cuerpo te pica. Y los estornudos no cesan. Mamá culparía al gato. Te diría que solo las tontas tendrían un gato siendo alérgicas. Ella no sabe que el gato es lo único que te dejó Ernesto. No te gustan los gatos. Y es verdad, eres alérgica. Pero es el gato de Ernesto. Al niño lo perdiste. Y por ese niño, Ernesto se fue.

Cuando supiste que ibas a ser mamá, sentiste una punzada que se expandió a todo tu pecho. Tú lo tenías todo. Un novio que te amaba, un buen trabajo y un auto. Pero sentías que no era capaz de cuidar a un niño. Y la pregunta que no querías admitir se repetía en tu mente: ¿y si eres como mamá? Ella no es tan mala, te repites. Y recuerdas las veces que tuviste que mentir en el hospital para no perder a tu mamá. Si ella se iba presa, ¿quién te cuidaría? Los moretones eran porque te caíste de la bici, la sangre porque resbalaste y te caíste en unos fierros. Aguantabas el dolor para que te den de alta rápido y no levantar sospechas. Eras una buena hija.

Sabías que ese bebé no vendría al mundo y dejaste que Ernesto se ilusione con ser papá. Ya lo tenías decidido. Por eso seguiste fumando, e ingiriendo meta. Le habías prometido a Ernesto que dejarías de hacerlo por el bebé. Pero qué importaba si no nacería. Te gustaba las atenciones de Ernesto. Él había dejado de drogarse. Todo parecía mejor desde que estabas embarazada. Y seguiste con la mentira. Dejaste que Ernesto compre la ropita del niño, porque le dijiste que sentías que era niño. Que una mujer sabe de esas cosas. Te dije que drogarse en la casa no era buena idea. Él se dará cuenta. Bastaba algún descuido. Y cuando Ernesto te encontró en un baño de sangre, tan drogada, se hundió en un pozo de miseria. Nunca te pudo perdonar. Habías arruinado su vida. Debiste contarle sobre tu mamá, para que entendiera que las mujeres como tú no deben ser madres.

Regresas a la casa a las diez en punto. Intentas dormir, pero las gotas contra el piso apuñalan tus oídos.  El maldito de Ernesto debió de reparar la gotera antes de irse. Si Ernesto no se hubiera ido, tendrías con qué pagar el arriendo. No te contesta las llamadas. Las gotas son cada vez más profundas. Poco a poco van perforando tus oídos y te concentras en su sonido para no pensar en mamá, en el bebé no nacido, en Ernesto. Tendrías que llamar a alguien, que venga a reparar la gotera de una maldita vez, que ya te cansaste de recoger litros de agua gris.

En noches como ésta llamas a Ernesto, quieres pasar la noche con él. Le envías mensajes a él y a sus amigos. Sabes donde se está quedando. Conduces hasta allí. Golpeas fuerte y nadie te responde. Gritas su nombre, pero la puerta sigue cerrada. Llamas de nuevo a su celular, lo tiene apagado. Debe ser que se le acabó la batería. Te preguntas si a tu mamá le hubiese gustado ser abuela, quizás así te querría.

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