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Perfume- Por Milagros Cascales

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 20 mar 2024
  • 5 Min. de lectura

 

Se saca la mano de la boca porque ya no puede respirar. Baba, mocos, sangre. Entonces se estaba mordiendo. Y bien fuerte. Escupe. Rojo: metal en la boca. Se relame. Hay que respirar. Agarrar una remera de todas las que están esparcidas por el colchón. Descarga los mocos para que pase un poco de aire.

Hay que respirar y no hacer otra cosa, como le dice Carlos, como lo practicaron tantas veces. Tal vez así al menos se ahorra reventarse los nudillos contra la pared, romper las tazas nuevas, los platos esos que heredó de la abuela que lo provocan desde la alacena. Esos platos de mierda, tan frágiles, hay que romperlos. Platos que existen hace quién sabe cuánto, que habrán sido testigos de bisabuelos fascistas y golpeadores de mujeres, de charlas rancias sobre putas, billete y cachetazos a tiempo.

El plato está a punto de explotar entre sus manos. Afloja la presión. La loza azul donde la abuela le sirvió kilos de ravioles con mucho queso en el tuco como a él le gusta. La abuela no tiene la culpa. Apoya el plato sobre la mesa, a salvo de sí mismo.

Cierra la puerta de la habitación por las dudas. Nunca pasó, pero sería idiota pensar que nunca podría pasar, que Chito está a salvo, que ese límite jamás lo cruzaría. Qué certeza podía tener, si ya se había traicionado tantas promesas. Por eso, mejor afuera el perro, con su agua y su comida, aunque los ladridos agudos y los rasguños en la puerta le rompan el alma. Si hay algo que necesita es un abrazo peludo, acostarse con Chito arriba suyo, sentir el peso de su cuerpo respirando lento y profundo. Pero cuando su alma está rota, rompe todo a su alrededor. Lento y profundo. Cerrar la persiana. Evadir la mirada de Elena que barre su balcón y va a querer preguntarle por su madre. Lento y profundo. Apagar la luz. Rociar el perfume por toda la cama. Abrazar la almohada, inhalar y fugarse.

Lento y profundo. El aroma lo va impregnando. Carlos no sabe de esto. Lo supo, pero cree que ya no lo hace. Cuál es el sentido de mentirle a tu psicoanalista. Lento y profundo. El cuerpo empieza a aflojarse. Los párpados se cierran pero falta mucho. Hay que decirle esto a Carlos. Más lento y profundo. El aroma hace lo suyo y el resto de los sentidos se invierten.

Se abraza a Valentina y los dos son una misma respiración, lenta y profunda. Su cuerpo liviano sobre el suyo, casi tan liviano como la almohada. Tan frágil como esos platos de porcelana de la abuela y tan reconfortante como una bolsa de agua caliente en invierno. Así se dormía encima suyo, blanda y vulnerable. Debe ser uno de los gestos de confianza más grandes, dormirse al lado de otro ser humano que apenas conocemos.

Lento y profundo, por favor. No hay más Valentina. No hay más ese cuerpo calentito y acolchado, el peso exacto que lo despresuriza. ¿Cuándo dejó de dormirse arriba suyo? Ese detalle escapa su memoria.  Lo que sí recuerda es ese gesto, una señal obvia que ignoró en ese momento. Su mano se estiró, abierta, buscando la de Valentina. Ella estaba mucho más enfocada en una película que en la realidad podrida de esa cama. “¿Qué pasa?”

Respira como puede. Lento y profundo se fue al carajo. Qué pasa, preguntó, y la única respuesta digna hubiera sido pausar la película que le chupaba un huevo y hablar. No, hablar no. Avisar. Informar que hasta ahí había llegado. Imagina la escena que debió haber representado: cómo qué pasa, te quiero dar la mano y te molesta. Te incomoda, me mirás con un poco de asco y de odio. Ya no te gusto. Me voy a dormir al sillón, mañana lo hablamos mejor si querés, pero yo llegué hasta acá. Dignidad. No la tuvo.

Claro que hubiese llorado como un bebé, acurrucado en el sillón con Chito, esperando que Valentina viniera a darle una explicación mágica y que todo volviera a ser como antes. Con ganas de volver a la cama, acostarse a su lado a cualquier costo, buscando una migaja de abrazo. Pero podría haber resistido y ahorrarse tanta mierda.

Se supone que ser maduro y adulto es ser frío, calculador, implosionar las emociones, en fin, tener un palo en el orto, como ella. No quiere ser maduro ni respirar lento y profundo para diluir la realidad. Quiere sacarse el palo que nunca le terminó de entrar y usarlo de paso para reventar a unos cuantos. ¿Y a ella?

 

PA PA PA PA. El sobresalto a media mañana, las cosas de Valentina todavía seguían esparcidas por la casa y él todavía tenía la ilusión de que podía arreglarse todo. La puerta que por poco se venía abajo. Por un segundo pensó que entraban a robar y se quedó paralizado. Pero enseguida una voz prepotente lo sacudió. “¿Marcos Pedraza? Abra la puerta”. Una luz azul intermitente atravesaba la persiana baja, invadía la cocina y le lastimaba los ojos recién despiertos. Entonces comprendió. Le traían el último mensaje de Valentina.

No. No hay que despertar ese recuerdo. Lento y profundo, con la almohada tapándole la cara. Entra el perfume y se relajan sus músculos, excepto por la pija que se pone un poco dura. Qué importa lo que diga Carlos. Peor sería andar reventando tazas, salir a tomar diez litros de birra y buscar a alguien que quiera pelear. Terminar con la cara deformada otra vez.

Abraza la almohada y siente su peso exacto, perfumado. Así, a oscuras, ni hace falta cerrar los ojos. Es cada vez más fácil transformar la almohada en Valentina.

 No está alucinando ni perdiendo la cabeza. Es una capacidad que agradece, esa somnolencia repentina para fabricar fantasías vívidas. Está en alguna línea temporal alternativa donde Valen le dio la mano y se apoyó en su hombro. Se durmió a la mitad de la película. Se despertó apenas cuando él apagó la pantalla y se acomodó. Buscó su abrazo y después de un ratito de dar vueltas entre dormidos, enlazándose de diferentes formas, terminó acostada arriba suyo, como tantas veces.

Ya lo sabe: es un despojo de hombre en una habitación cerrada y oscura, abrazado a una almohada con el perfume de su ex novia, y no hace más que dormirse en su fracaso acolchonado. Qué importa. Lento y profundo, todo su cuerpo se relaja. Qué importa si es real o no. La tensión de los labios se transforma en sonrisa. Puede sentir su pelo, el olor de su piel y su aliento. Lento y profundo. Puede sentir su panza contra la suya, respirando.

Pasaron cuatro años y sólo una noche durmió abrazado a una chica de carne y piel y aroma, pero otro aroma. Enseguida se arrepintió y volvió a su almohada. Qué importa, si así no lastima a nadie.

 Ahora puede dejar que entre Chito y se una al viejo abrazo. Qué importa si se despierta cinco, seis o siete horas después, con llamadas perdidas y tantas cosas por hacer. Lento y profundo, desactiva la bomba. Se entrega al delirio porque no hay otra forma de descansar.

 


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