LAS NUECES DE ABRIL- Por Darío Ramos- Neuquén, Argentina
- Pensando En Voz Alta
- 5 jun 2024
- 6 Min. de lectura

-Es como cagar –afirmó Juan Antonio con el último sorbo de café.
Nadie pidió precisiones ni ampliaciones al comentario. En esta mesa chica de amigos aprendimos, a los golpes de palabras, que escuchar y guardar silencio son dos cosas diferentes. El silencio, cuando alguien pausa la conversa, nos ayuda a ordenar el seso para completar ideas y buscar las palabras necesarias.
-Cuando te sentás todos los días en el baño –continuó Juan Antonio- y no tenés problema para cagar, la cosa pasa sin pena ni gloria desde los intestinos al inodoro y de ahí a la cloaca, mientras vos pensás en tu trabajo, tus amores, las compras en el almacén, mirás el celu o… tenés alguna lectura descuidada. Pero cuando el tránsito es lento, cuándo tenés el culo apretado, es necesario un esfuerzo, una concentración en el acto, que finalizado produce esa sensación de placer muy… muy relajante.
La división socio-afectiva de la mesa esta equilibrada con dos solitarios, Ojito y Fabio. Al primero no le hemos conocido historias de convivencia, pero siempre es el primer dispuesto a aconsejar sobre amor y sexo a todos, con historias incomprobables. Fabio, dedicado al trabajo con la excusa del porvenir de sus hijos, desde su divorcio no ha tenido relaciones comprometidas ni ocasionales, por lo menos compartidas en nuestras charlas.
Nos conocimos de pibes, en el barrio. La primera vez que nos encontramos los cuatro, sin acuerdo previo, fue en el Baldío de las Nueces. Después jugamos a la pelota, charlamos sentados en el cordón de la vereda y nos reunió definitivamente la escuela secundaria. Tendríamos ocho o diez años. A principio de marzo, antes de empezar las clases, unos grupos selectos y bien informados, nos juntábamos en un terreno lleno de nogales a juntar nueces cuando el “Viejo Matías”, un linyera que vivía en una casa de chapas, dormía la siesta y no nos corría. Por algunas nueces, o por una, siempre alguien terminaba revolcándose en una pelea de infancia sin sangre. El griterío alertaba al viejo; nos perseguía con un palo sin amenazas y con intenciones concretas. La prohibición de mi madre y el palo del “Viejo Matías” me acobardó, y comencé a ir en abril al Baldío de las Nueces. Pasaba horas solo, caminando entre los yuyos y arbustos, rescatando las nueces escondidas y las tardías que recién caían con los vientos del otoño. Estas últimas, que eran más grandes también, creo yo, más sabrosas.
-Amar es como cagar –finalizó Juan Antonio y pasó la palabra mirando a cada uno de la mesa.
Todos conocemos sus historias en esta etapa de amores dinámicos. El tema uno de cada semana, cuando nos juntábamos en el bar, era las aventuras y desventuras amorosas de Juan Antonio después de su separación, hace cinco años. Tres años pasó saltando de cama en cama. Los últimos dos años fueron círculos, espirales, triángulos de amor, violencia y pasión con un denominador común llamado Carolina, mi amiga “La Hermosa”.
-Vos estás con diarrea, hermano – le dijo el Ojito. Largo la carcajada. Fabio y yo acompañamos con sonrisas.
Como nadie tomó la palabra, Juan Antonio se inclinó hacia adelante. Hablo en voz baja, con la cabeza casi en el centro de la mesa.
—Caro es el polvo de oro -repitió por centésima vez en lo que va del año.
—¿Por qué no dejan los teléfonos en silencio? Me están rompiendo los tímpanos y las bolas -gritó el Turco desde atrás de la barra, mientras secaba una copa.
Esta fue una idea de Fabio. Cada vez que nos juntamos en el bar dejamos los teléfonos al Turco, con especial instrucción de que no los atienda.
—Nos juntamos una hora a tomar café y están veinte minutos mirando el teléfono —renegaba Fabio- o calmando a la tóxica. Dejemos los celulares en la barra, hermano.
Tengo un amor asexual por Carolina. Nos unió un trabajo, mates, charlas, confidencias y cervezas durante años. Ella venía de algún pueblito petrolero, en las bardas de Río Negro. Juan Antonio la conoció en un cumpleaños mío, en casa; se fue con su número de teléfono y “un cohete en el pantalón”. Carolina se llevó los ojos de Juan Antonio pegados en su culo parado.
- ¿Hiciste un trío alguna vez? –me preguntó Carolina la segunda vez que nos fuimos a tomar una cervecita después del trabajo. No le interesaba mi respuesta, quería contarme sus experiencias. Ella hablaba con detalles. Una luz amarilla clara salía de su piel y comenzaba a teñir todo el bar. La veía brillar sobre un tipo, con los ojos vendados y cuatro manos sobre su cuerpo. En cada pausa, tomaba aire por la boca y sus labios carnosos formaban un círculo perfecto. Mi respiración adquiría el ritmo de la cabalgata de sus caderas. El vaso de cerveza se derretía entre sus dedos.
La luz amarilla de Carolina, de nuestras primeras charlas, a veces desaparecía. Mutaba en algo siniestro. Carolina hablaba.
—Tendría siete u ocho años. Estaba desnuda, sólo con una bombacha, sentada sobre la cama. Tengo los recuerdos como cuadritos de una película. Me acuerdo de escenas como cortadas. –la luz amarilla había desaparecido-. El tipo, este vecino que te decía, parado en la puerta del dormitorio me hablaba. Me pedía que se lo hiciera llorar. Mis hermanos pegándole en la puerta de su casa. Mamá apretándome contra su cuerpo, intentando que no mire.
Cuando la luz amarilla se desvanece, desde el cabello de Carolina caen finas hebras, como de humo gris oscuro, sobre sus hombros y cubren toda la mesa. Llenan los vasos y tazas, donde ya no se puede tomar nada. Carolina siempre hablaba.
-Venía de gimnasia, cortando camino por las vías, salíamos tarde de la escuela en invierno. El tipo no sé desde dónde vino y cuando lo vi, salí corriendo. A pesar de mis patas largas me alcanzó y me tiró al piso, me bajó el jogging y la bombacha. No podía ni respirar. Me decía no grites que te mato. Llegué a casa toda sucia y no podía parar de vomitar.
“Ojito” tenía peña. Nos fuimos temprano del café. Miré el teléfono. Siete llamadas perdidas y dos mensajes de Carolina.
- ¿Juan Antonio está con vos?
-Ese hijo de puta debe estar con alguna mina, no me contesta.
—Tengo diecisiete llamadas perdidas de Carolina. Me voy a casa, ni le digan que me vieron si los llama –dijo Juan Antonio como un saludo.
En la puerta de casa el olor de la comida recién hecha anticipa la escena. Marta y los chicos, que ya están bañados, miran televisión y me esperan para comer. Les doy un beso en las cabezas mojadas y olorosas de champú. Marta se levanta del sillón, simula un beso estirando los labios y me pregunta por mi día mientras camina a la cocina. El móvil de Marta vibró y sonó sobre la mesa del comedor. Me senté en el sillón con los chicos. Marta volvió para atender la llamada. No puedo distinguir las palabras, pero se escuchaba a alguien casi gritar, desde el otro lado del teléfono. Marta abrió más los ojos, se apoyó en la mesa y separó el teléfono de la oreja.
-Es… es para vos… es Juan Antonio –tartamudeó Marta con los labios apretados- tomá.
-Boludo tenés el teléfono en silencio –Juan habla gritando –Vení por favor… vení me mande una cagada. ¡Ayudame Luisito por favor! Estoy en casa.
Corro las tres cuadras que me separan de la casa de Juan Antonio. La puerta está entreabierta. Entro. Llego al living con la respiración entre cortada. Carolina está en el piso con los ojos abiertos. Pestañea. Juan Antonio está sentado en la escalera que sube a los dormitorios, con el teléfono en la mano, la cara roja y la camisa rota. Un vecino se asoma por la puerta de entrada, abierta de par en par.
Han pasado casi dos meses. Vine a ver a Carolina como todas las semanas. Estoy parado en el portón de entrada. Tiene una arcada demasiado importante. Ayer nos encontramos con los muchachos en el café e hicimos una video llamada con Juan Antonio, le permiten hacer una por semana. Está bien pero no quiere que vayamos a visitarlo por ahora.
Carolina está sola bajo un plátano gigante. Hay algunas hojas sobre ella. Me siento en un banco de cemento a su lado. Tenemos una charla intrascendente, murmurando, con las caras casi juntas durante un buen tiempo. Sonríe. Gira la cabeza. Me mira. Cierra los ojos y nos besamos. Me muerde suave los labios. Nos exploramos en una marea viscosa. Una suave luz amarilla clara se filtra entre mis pestañas, pero no abro los ojos ni me separo de la boca de Carolina. Si ella pudiera, me abrazaría.
El ruido de pisadas sobre las hojas secas nos separa. Es la enfermera que anuncia la finalización del horario de visitas. Nos saludamos y se van las dos. Unos hilos de humo gris oscuro, flotan junto con las hojas que levantan la silla de ruedas de Carolina.
Me quedo un rato más en el parque sentado en el banco de cemento. Tengo una sensación conocida en la boca. Se me humedecen los ojos. Reconozco este sabor, es como las nueces de abril.
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