Impresión- Por Manuel Almeida (Uruguay)
- Pensando En Voz Alta
- 7 ene 2024
- 3 Min. de lectura
Una lamparita colgada del techo es lo único que ilumina el sótano. Tirado boca abajo, vestido con una capucha y moretones, un hombre llora.
—Te dije, Ruso —Jorge apoya su bota en la espalda— era cuestión de tiempo. Hubieras hablado hace tres días, me ahorrabas trabajo. Menos sufrimiento para los dos.
Prende un cigarro, le palmea el hombro y sube trotando los escalones. Deja atrás el aire pesado con ese olor mezcla de sudor, sangre, orina, caca y miedo.
—Habló, está todo grabado, ahora es de ustedes— Los cuatro muchachos dejan las cartas y bajan.
—Justo cuando ligo la espadilla— grita uno golpeando la mesa.
Jorge sabe que no se puede, que debe estar pinchado, pero levanta el tubo del teléfono y disca el número de su casa.
—¿Cómo está Jorgito? —La voz entrecortada de su esposa, mezclada con llantos, le hace fruncir el ceño— Llevalo ya a la urgencia, voy para allá.
Se baña rápido, limpia de sus manos los restos de sangre, se perfuma y pone el uniforme con el logo de una empresa.
No avisa que se va, para algo es el jefe acá. El Renault 12 lo lleva veloz pero el tránsito de la tardecita está complicado. Logra sacar ventajas, putea en varias esquinas a peatones y domingueros, pasa algún semáforo en rojo.
Piensa en Jorgito y se le empañan los ojos. ¿A quién mierdas se le ocurrió plantar plátanos en la ciudad con la alergia que dan? Cierra las ventanillas y prende la radio.
Estaciona cerca de la urgencia, entra corriendo, transpirado, tose. La sala de espera está llena. No ve a su esposa ni a su hijo. Pregunta en recepción por su bebé: Jorge Suárez.
—Lo están atendiendo, está con la mamá. Usted tiene que esperar afuera —La recepcionista mira en su planilla.
Jorge gira sobre sus talones, en tres zancadas llega a la sala de urgencias y entra. El olor a alcohol y desinfectante le provoca náuseas. En el fondo ve a Marta llorando, otra mujer vestida de blanco habla con ella y le pone una mano en el hombro.
—¿Dónde está? ¿Qué le pasó? —Su voz retumba entre llantos y gritos de niños.
—Soy la doctora García, pediatra. Jorgito tiene una bronquiolitis moderada a grave, va tener que quedarse internado. Le pusimos oxígeno y le vamos a hacer exámenes.
Jorge fija su mirada en la camilla de al lado, su bebé de cuatro meses llora, con un pañal por única vestimenta, bajo la carpa de oxígeno. Dos enfermeros le intentan sacar sangre y poner una vía. De pronto, no los ve más.
Cuando Jorge vuelve en sí, todo está borroso. Acostado en el suelo, con los pies arriba de una silla, las luces del techo lo encandilan y un enfermero le toma la presión.
—Ya se está recuperando —le dice a la doctora— los padres siempre son más jodidos.
Jorge se para con dificultad, cierra con fuerza los ojos, traga saliva. Mira la cara del pequeño a través del acrílico empañado, escucha su llanto débil.
—¿Por qué maltratan a mi hijo? —toma al enfermero por el cuello y lo empuja contra otra camilla. La cachetada que le da a su mujer, resuena en la sala.
Otro enfermero y un padre lo sujetan por detrás. Llega el policía de guardia y lo tira al suelo, lo reduce, le pone la rodilla en la espalda y lo esposa.
—¡No saben con quién se meten! —grita boca abajo— ¡Soy de las fuerzas conjuntas!
Su mujer se frota la mejilla roja, las lágrimas le resbalan, menea la cabeza.
—Pobre, cada vez que se emborracha o pelea con alguien, dice la misma pavada, si él es electricista.

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