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El secreto de Alondra- Por Fabián Bertonazzi (Buenos Aires, Argentina)

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 22 jun 2023
  • 4 Min. de lectura

Todavía escucho las voces. Siento el frío del suelo meterse por mi espalda. Un frío que me inmoviliza. Desde acá, fijo la mirada en ese punto brillante en el medio del techo hasta que mi visión se oscurece lentamente. Comienza a doler, pero lo ignoro. Continúo forzando mis ojos hasta que el ardor los cierra en contra de mi voluntad. Me queman al igual que aquella noche.

Estábamos solos. Marga dormía plácidamente en su habitación. A pesar de tener tan solo un año, su sueño era profundo y sabíamos que no lo interrumpiría hasta el otro día.

La atmósfera de la noche estaba impregnada de intimidad. Alondra había preparado una cena romántica para los dos y tenía una sorpresa guardada para más tarde.

Solíamos sentarnos en el sillón de cuero hindú después de cenar. De a poco fue apagando todas las luces de la casa, dejando encendido solo un velador a nuestro lado que tenía una pequeña luz amarillenta y estridente. Fue el único testigo de nuestras conversaciones.

Desde que terminamos de cenar, el comportamiento de Alondra era inusual. Su mirada, su olor… sus palabras. Se dirigió hacia el bar con un llamativo andar que nunca antes le había visto. Movía cada parte de su cuerpo con una sensualidad casi felina. Sirvió dos vasos de whisky y regresó a mi lado. Eso también fue extraño. Solía beber del mismo vaso que yo me servía y apenas se mojaba los labios. Pero esa vez, con el tercer sorbo, se lo terminó antes que yo. Al ritmo de una melodía improvisada comenzó a bailar frente a mí. Su sombra se proyectaba gigantesca en la pared. Delineaba sus curvas y marcaban la delgadez de su cuello y de su cintura.

Fue quitándose la ropa despacio… muy despacio, como si fuera una flor que estuviera deshojándose. De espaldas, hamacaba las caderas dejando caer su falda mientras la luna la espiaba a través de la ventana.

Después de esa noche nunca más volví a ver la luna. Sé que está oculta ahí, detrás de ese cielo de cemento en donde se apoya el punto brillante. Día tras día intento fijar la vista en el hasta que mis ojos de una vez exploten. El silencio se vuelve absoluto, profundo como la misma muerte. Es ahí cuando aprovecho y lo disfruto porque sé que en cualquier momento regresaran las voces y los gritos. Aparecen de golpe atormentándome. Me envuelven y me asfixian.

Alondra bailaba casi desnuda. Sólo llevaba una diminuta bombacha rosada que era lo mismo si no la tuviera. Me miró y sus labios, pintados del mismo tono que su ropa interior, dibujaron una sonrisa pícara como la de una adolescente que oculta un secreto o algo prohibido.

Se soltó el cabello de un rodete improvisado y dejó caer sus mechones como cascada. Su piel se adueñó de la luz del velador. La acariciaba y resaltaba la forma griega de sus pechos.

Estaba boquiabierto obnubilado por su belleza. Se sentó sobre mí como una jinetera y metió sus dedos debajo de la bombacha. Sacó de entre sus piernas un pequeño sobre transparente con varias escamas color rosadas. La miré intrigado y volvió a sonreír. Lamió su dedo índice y lo introdujo dentro del sobre. Lo impregnó de esos cristales nacarados y, con un susurro al oído, me pidió que confiara en ella. Colocó algunos cristales sobre su lengua y me besó. De repente me tiró del pelo hacia atrás y me miró como si fuese a hipnotizarme. Lágrimas grandes y pesadas rodaban lentas por mi mejilla.

Mis ojos se cerraron de tanto ardor. Intentaba forzarlos a la luz del techo hasta que exploten, pero mis párpados se negaban. La mirada era borrosa y caliente. Nos escurrimos hasta el suelo y el frío se apoderaba de mis músculos. La risa de Alondra se colaba entre las baldosas y comenzaba a temblar.

Me daba mordiscos en el mentón y me pidió que le pellizcara los pezones con fuerza. Volvimos a besarnos y sentí que nuestros cuerpos se derretían como plástico sobre las brasas. Ardíamos como lava. Me arrancó la camisa haciendo saltar los botones como balas. Comenzó a darme besos y a lamerme. Recorrió mi pecho y mi abdomen, dejando sobre mí un río de saliva hasta que llegó a mi entrepierna. Desabrocho desesperada mi pantalón y se metió la pija en la boca. La textura de su interior paralizó mis sentidos. La habitación comenzó a brillar como si el sol estuviera dentro.

Me quemaba, la piel me quemaba. Llagas de ácido florecían en mi cuerpo. Fue entonces cuando aparecieron. Estaban por todos lados. Sombras enormes y aterradoras con voces oscuras y lúgubres se acercaban a mi oído. Me dijeron cosas que no puedo recordar. Pasaban de suaves susurros a fuertes gritos y luego volvían a susurrar. Chirridos largos y estridentes amenazaban con hacerme explotar la cabeza y ella no me soltaba, no dejaba de chupármela. Sus manos la sostenían con una dulce firmeza. Su lengua y su paladar la apretaban tanto que parecía que se la quería tragar.

Apenas podía moverme. Enterré como pude mis dedos en su cabello empapado en transpiración y tiré con todas mis fuerzas, pero era imposible controlarla.

Las sombras salieron de todas partes y ya no susurraban. Las muy hijas de puta se me tiraban encima y me gritaban. Lo hacían con odio… con ira.

La boca se me secó y las manos me temblaban. La fuerza ya no era fuerza y yo tenía miedo de que me la arrancara. Mis ojos se fijaron en el brillo incandescente del velador y luego se pusieron blancos.

No se iban. Me golpeaban y yo la golpeaba a ella porque se lo iba a tragar.

El terrible miedo de que me la arranque hizo que cruzara mis piernas sobre su espalda y las tensioné como si fuera a embalsamarme. Sostuve esa presión por un momento hasta que de repente las voces y las sombras, poco a poco, comenzaron a desvanecerse hasta que por fin se perdieron.

Con los ojos aún llorosos, fijos en la luz del velador, respiré aliviado porque sentí que ella ya no se la quería tragar.

Le solté el cabello y miré mis dedos. Los tenía enredados con algunos de sus mechones sueltos. Luego, incliné la cabeza hacia adelante para mirar a Alondra y vi que tenía su mirada apagada, los labios pálidos y el cuello roto.






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