DEL OLVIDO Y OTROS DEMONIOS- Por Maribel Betancur- Colombia
- Pensando En Voz Alta
- 13 ago 2024
- 5 Min. de lectura

Es un frasco de apenas dos centímetros de largo. Se lo compré hace ocho meses a un yerbatero muy recomendado que tiene su casquete en la calle Girardot. El líquido no tiene olor, todavía no sé si tiene sabor. Lo cargo en mi cartera del maquillaje, pasa por suero para el contorno de ojos. Estaba esperando el día perfecto para usarlo. Ese día es hoy.
A las 6 am sonó la alarma con “Here Comes the Sun" de “The Beatles” que según investigaciones evidencia mejora del estado de ánimo gracias a su letra positiva y melodía vibrante. Me gustan los sonidos del bajo eléctrico de McCartney justo en la parte en que cantan “It's alright", creo que me da esperanza. Hace siete meses que puse pausa en muchos aspectos de la vida y aunque no tengo que cumplir jornada laboral. La alarma me recuerda que es un nuevo día, a veces solo la apago y me doy vuelta para seguir durmiendo.
Lo que siento hoy no es nuevo, he aprendido que no puedo hablarlo con nadie. Las personas siguen teniendo esa capacidad de dar opiniones que nadie les pide. Todos dicen sentir envidia, celos y sabe Dios qué otras pasiones sobre mi año sabático. Entendí que decir cómo me siento, suena a total sacrilegio. Por eso, con esa primera bocanada de aire de la mañana, hago toda esa reprogramación mental que nos enseñan a los coaches, repaso los cinco mantras de refuerzo positivo mientras preparo un café.
Dejé de tener citas con la terapeuta porque por veinticinco dólares semanales me decía “It's alright" y me mandaba a colorear mándalas. Tampoco estoy tomando el Prozac, la psiquiatra me dijo que solo en caso de emergencia, pero lo dejé en Colombia. ¿Será está una emergencia? No fumo cigarrillo desde que lo conocí, él dice que detesta el olor que deja en la boca y en la ropa. A mí me encanta ese sabor acre, a quemado y las notas ahumadas y terrosas de su olor, tan similares a un buen espresso.
El café sabe a pura mierda. Me siento a tomarlo en la banca del terreno de camping. En frente, todos los verdes en la espesa vegetación propia de los bosques de pino. Esos aromas frescos, vigorizantes y resinosos se van directo a mis pulmones mientras escucho el murmullo suave, un chisporroteo y el gorgoteo de un arroyo que pasa abajo de la ladera. Intento iniciar la meditación de Dispenza. No logro poner la mente en blanco. Me encuentro cara a cara con el pensamiento intrusivo y dejando de ser yo, me convierto en ese pensamiento.
—La vida que estoy viviendo no es la vida que merezco. ¡Despierta! Es hora de tomar decisiones.
Termino mi café, busco mi cartera de maquillaje. Él duerme profundo. Ronca como un oso. Tengo el frasquito en mi mano. Tres inhalaciones profundas y cierro mis ojos.
Ayer ¡por fin! luego de tres días pude tomar una ducha y volví a encontrarme con un espejo; apenas pude ver una sombra de la mujer que solía ser. Siempre me habían escuchado decir que bañarse era una de las ganancias de la civilización y ahora bañarme es un lujo. La ropa se recicla para dos o tres usos; tengo casi toda la cabeza cubierta por hilos de plata que antes eran tintes rojos y rubios; los dedos de manos y pies con la piel levantada y uñeros de quien no visita un salón de belleza hace meses; grandes continentes en las mejillas y nuevas patas de gallina alrededor de los ojos; lonjas de carne saliendo por los lados en tórax y caderas. Los tacones, medias de seda, lencería fina y joyería importada hacen parte de la historia en un recóndito pasado.
Las brillantes ideas y la fogosa creatividad que me habían llevado a escalar los más imposibles e impensables lugares profesionales se convirtieron en adornos para cocinar algún alimento con lo que tengo en la nevera. La familia y los amigos siguieron sus vidas. Los hijos planean viajes, cenan con sus parejas y saludan de vez en cuando. Mi perro tiene otra mamá y ya no debe recordar mi olor a vainilla que tanto le gusta, mientras a mí me fue tragando el espesor verde que a veces ni deja entrar a los rayos del sol.
Me he anticipado a la pregunta que me haría mi mentor. Marcela ¿qué vas a hacer con lo que te está pasando? Y me respondo mientras le respondo que he hecho todo lo que está a mi alcance. Escribir y poner en palabras retratos de mi historia; mi vanidad dice que tengo cosas interesantes para contar. Estudiar otras cosas, para hacer aeróbicos de pensamientos y para que las crisis cognitivas me sigan habitando. Inventarme proyectos que a nadie le interesan y que debo patrocinar para que los vean y les den like. Grabar un blog de viaje creyendo que a otros les importa mi ruta, cuando cada uno tiene la propia y seguro más difícil o deslumbrante que la mía. Tengo esa carta mensual que envío a las personas tatuadas en mi corazón, rogando que no me olviden. A veces, la respuesta a esa carta es el silencio.
El olvido se convirtió en mi peor miedo y en el rey de mis demonios.
El espejo me recuerda que estoy a un paso de convertirme en una obsoleta profesional y que la edad será la barrera más grande para volver al ruedo. El espejo me muestra un alma marchita, aunque todos afuera ven la parodia del artista. Con los otros, he agotado todas las explicaciones racionales para ayudarles a entender que no tiene nada que ver si un día despierto en el Gran Cañón, en el Valle de Napa o en Sedona, lo que siento cuando me miro en el espejo, viene de lo más profundo de mis entrañas, de un vacío sin nombre que me consume y me carcome, que hace que todos los paisajes sean iguales y que lo mismo sabe un taco mexicano a una sopa de sobre. He agotado todas las explicaciones racionales para ayudarles a los otros a entender que nada de lo que hay afuera tiene sentido si primero no conecto un interruptor interno al que llevo años buscándole el cableado y que todavía no logro que funcione de forma regular.
Tengo el frasquito en mi mano. Tres inhalaciones profundas y cierro mis ojos.
Lejanos, casi imperceptibles, escucho llantos, gritos, golpes sobre madera.
Estoy peinando a mi niña, tiene tres años y una sonrisa dibujada. Hay luz sobre nosotras. Sé que a nuestro alrededor ocurre algo. No me interesa.
—Te voy a peinar como Simoneta. Le digo mientras tatareo “Te quiero yo” de Barnie el dinosaurio.
Gritos desesperados vuelven a llamar mi atención. Parece la voz de mi niña. Hay un poco más de luz. La veo. Es imposible confundir su hermosa cabellera azul.
—Mami, ¿por qué lo hiciste? Él trata de retirarla de un ataúd.
La ignoro. Claro que no es mi niña. Mi niña está aquí, la estoy peinando.
Es una muñeca que se parece a mi niña.
Aturdida y con pasos torpes, voy al ataúd.
¡Dios! Me bebí lo que había en el frasco.
Comments