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Cuatro reglas de la calle - Por Johann Sebastian Rico Ricaurte (Bogotá, Colombia)

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 24 jul 2023
  • 4 Min. de lectura

Voy ligero, con lo suficiente, una glock 17. Miro el reloj, aún es temprano. Dejo el arma en la mesa. Me siento, muerdo el esfero, saco y meto el tapón con los dientes. Me levanto. Le arranco el tapón, lo muerdo. Cojo el arma, reviso el proveedor, la dejo de nuevo. Mastico una y otra vez. Camino hasta la habitación, alzo del suelo la ropa que está regada, la tiro a la cama. Miro el reloj, no avanza ni un minuto. Escupo el tapón ya desfigurado. Hay tiempo para fumarme uno. Es necesario.

La calle tiene sus reglas. Papá no las entendió y fracasó. Por eso decidí irme a trabajar con mi tío. El primer día que probé fue con su consentimiento. Antes de pasármela me dijo: recuerda, el que vende no consume, solo la prueba para conocerla. Cuando lo mataron, quedé a cargo del negocio. Él ya lo sabía. Tres días antes me dijo que si algo le pasaba, mi responsabilidad era asumir el liderazgo.

Termino el porro. Miro el reloj. Guardo el arma. Salgo. El Pecas dijo que el tipo siempre estaba en el mismo lado los martes. Estos hijueputas se creen que nos van a ganar terreno. Uno a uno, yo mismo me voy a encargar de matarlos. Como me enseñó mi tío, defender lo que es nuestro. Ese si fue mi papá. Porque el bobo ese nunca supo vender, es un drogadicto, las deudas lo tienen con el cañón en la boca. Una más y aprietan el gatillo. Y mi mamá detrás del culo del fracasado ese. Pero a mí qué me va a importar lo que pase con esos dos.

Apuro el paso. El tipo está en un pasillo formado por el colegio y un conjunto de casas grafiteadas. Rodeo el colegio, atravieso el piso roto. Veo al tipo donde dijo el Pecas. Tendré que darle una felicitación. Miro lado a lado, atrás. Saco la glock, la agarro fuerte para que el sudor de las manos no la resbale. Antes de avanzar respiro profundo, escupo. Sin miedo, papi. Hágale que usted puede. En este negocio usted tiene que estar listo para llevarse las vidas que sean necesarias, dijo mi tío. No voy a ser un fracaso como mi papá. Doy tres pasos. Me detengo. Regreso los mismos tres pasos sin dejar de ver al tipo. Pienso en papá. No soy igual que él. Miro a la derecha, a la izquierda. Corro. Agarro al tipo por detrás, le pongo el cañón en la sien. Esto es para que su jefecito entienda que el Tanque es nuestro, solo nosotros vendemos aquí, le digo. Hace fuerza para liberarse, le disparo.

Inicio el regreso a casa, pero la curiosidad de saber quién fue mi primera víctima me revuelve el estómago, así que vuelvo donde el tipo. Está tirado en el suelo. Le quito la capota, se forma un charco de sangre.

No te lloro porque el tío dijo que en la calle llorar es para los débiles. Además es lo que merecías, hijo de puta. Yo mismo debía matarte. Fracasado de mierda. Esto es lo que mereces. Tu propio hijo salió más abeja que tú. ¿Crees que me va a doler tu muerte? ¿Crees que me lastimas, que me estás dando una lección? No, hijo de puta, así quería las cosas, así quería verte, echadito en el suelo como cuando te descubrí drogado por primera vez. Cuando me decías que me portara bien en el colegio, que no hiciera maldades y yo no hacía ni mierda. Era la estúpida coordinadora que sabía que tu vendías y la tenía contra mí. Yo era sano. Por tu culpa soy lo que soy, pero yo no fracasé, viejo. Yo no fracasé. Matarte es un triunfo. No soy ningún perdedor. Yo dirijo una olla y tú qué. Sobrevivías a penas. Le dabas explicaciones a tu jefecito para que no te matara, para que te dejara vivir un día más. Aún recuerdo la vez que fue a la casa con dos matones al lado. El malparido nunca ha tenido las agallas de hacer las cosas por sí mismo. Recuerdo que te apuntaba con el cañón y te reclamaba la plata de la mercancía que te había dado para que vendieras. Y tú, llorabas como un huevón porque te la habías consumido toda, le rogabas que no disparara, que te diera una oportunidad más, que le ibas a devolver todo lo que debías. Lo recuerdo todo, estaba pequeño, pero lo recuerdo todo. Se llevó a mamá y te dijo que no te preocuparas, que se iba a cobrar en especie, pero que la próxima vez eso no iba a ser suficiente. Y cuando mamá volvió con cuarenta años demás y los ojos morados, con el cabello reventado y flaca como zombi dijo que no te preocuparas, que ella estaba bien. Tú ni una disculpa le ofreciste, ni le agradeciste. Hijo de puta. Por eso me fui con mi tío, para no ser como mamá que vive detrás de ti como si tu verga fuera de oro. Por eso me fui con mi tío, para no ser igual de fracasado que tú. Y si te pego otros tres tiros no es porque te parezcas a mí, sino por compasión, para que quedes bien muerto y no regreses nunca más a esta vida de mierda.

Matarte no es una derrota, no es un fracaso. Es el mayor de mis logros, verte ahí tirado, muerto, con cuatro hoyos. Ver tus canas pintadas de rojo es…ver tus canas…Tus canas, viejo. Tus arrugas siguen intactas, como la última vez que te vi. Maldita sea, viejo, perdóname. Lloro lo que quiera llorar, a la mierda esas putas reglas. Perdóname, viejo.


2 Comments


Manuel Almeida Dabezies
Jan 07, 2024

Gran cuento Johan. Se siente el sufrimiento y la contradicción del personaje.

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Ramiro Ricoh
Ramiro Ricoh
Jul 24, 2023

Excelente escrito, crudo y psicologicamente contradictorio...

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