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AL DESTINO SIEMPRE SE LLEGA- Por Agustín Reano, Córdoba, Argentina

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 28 may 2024
  • 5 Min. de lectura

El camarote se llenó, y lo que en unas pocas horas debía convertirse en mi cama, devino en el sillón de tres personas desconocidas. Cerré tan fuerte como pude el libro y les clavé la mirada.

—Se equivocaron de lugar —dije sin ceder un segundo, pero ninguno atinó siquiera a emitir una palabra, y como si nada pasara, se terminaron de acomodar.

—Si tienen que viajar acá, ¿dónde están sus boletos? —pregunté.

Mi cuello crujió al mismo tiempo que las paletas entraban más y más en mi labio inferior. Pensé, sinceramente, en dejar pasar más tiempo y luego intervenir de nuevo, pero no estaba en el día indicado de mi vida para comenzar a ser un mediador.

—Estos no son sus lugares, están sentados en mi cama, ¡Este camarote es privado!

 El más viejo del grupo levantó su cabeza por primera vez, me miró, y aún sin decir nada, metió su mano en el bolsillo del jean. El pedazo de papel era sin dudas un boleto de tren, pero yo solo pude ver sus uñas, tan negras y mugrientas, que me imaginé el olor inmundo de ese bolsillo después de tantos años de uso.  Cuando fui capaz de dejar de pensar en sus asquerosas manos, quedé tieso:

 

“Pasajeros: 3

Número de asiento: camarote de primer clase N°13.

Duración del viaje: 75,9 años, promedio.

Destino: última parada”

 

—Tiene que ser un error —les grité, mientras escapaba de allí en busca del guardia del tren.

Crucé los tres vagones de camarotes a toda prisa, registrando cada uno, convencido de que ellos estaban equivocados y que debían moverse a uno vacío, aunque se veía que no podían pagar algo así. ¿Dónde carajo está el guardia?, me repetía a cada momento.

Comencé a abrirme paso entre las personas de los últimos vagones, que se iban  amuchando entre sí como podían. ¿Última parada? ¿Quién pone última parada? Se pone un nombre, una ciudad, un pueblo, algo. Pero no última parada.

—¿Alguien vio al guardia? —grité. La paciencia se me estaba acabando.

—Hace unos minutos lo vi pasar, pero yendo para el otro lado —El chico acomodó sus rastas en contra del vidrio para intentar dormir un poco. —¿Estás bien? —me preguntó la señora que estaba a su lado. Claro que no estaba bien. ¿Tanto les cuesta a las personas hacer preguntas inteligentes? Sin responder a ninguno me di vuelta y comencé el recorrido en sentido contrario.

       De la oscuridad que surgía de la unión de los vagones vi nacer y  llegar a un tropel de guardias, que avanzaba sin tregua por el pasillo. A medida que pesquisaban a quien no colaboraban, decían con su voz prepotente: —Primera parada. Metan en esta bolsa su primera pertenencia. Vamos, saben lo que tienen que hacer —Y cada persona metía algo, sin pensar ni chistar, como si supieran las reglas a la perfección.

—Disculpe, yo no soy de este vagón.  Tengo el camarote N°13.

—¿Y qué hace acá?

—Estaba buscando a uno de ustedes porque ha ocurrido un problema. Mire, entraron unas pers...

—Sí —me dijo secamente y sin dejarme terminar la explicación.

—Sí, ¿qué?

—No es un error. Vaya, no moleste más. No empiece ahora que el viaje para usted seguro es largo.

       El miedo se me iba metiendo en la voz, pero seguía sin entender. —Pero tiene que haber un error. Yo pagué por un camarote privado -rezongué, ya en voz baja.

       -Si no quiere que le saquemos una pertenencia a usted ahora mismo, vaya a su camarote. -Y dejó un minúsculo espacio entre su pecho inflado y un asiento ocupado por un viejito que dormía. Apenas hice dos pasos, el guardia le dio un golpe en el brazo y procedió a sacarle lo primero que encontró. No  pude ver bien, creo que fue el celular.

       El piso ya se veía usado, sucio, casi áspero. Qué servicio de mierda, me decía como un mantra. ¿75,9 años? ¿Qué carajos es esto de darles una pertenencia a los guardias? Mi cerebro hablaba como si existiese un otro. Si todo esto no es un error, ¿por qué me vendieron mi lugar como exclusivo?

       Antes de agarrar la manija de la puerta me frené de forma automática, sin pensar ni sin poder hacer foco en nada. Seguía buscando otra salida. Recordé que había dejado mi boleto en el bolsillo chiquito de la mochila, quizás existía algún número para reclamos o algo por el estilo. Cuando abrí la puerta, todos dormían,  y no pude con la situación. Encendí la luz general y las dos lamparitas de noche, hice el mayor ruido posible mientras agarraba mi boleto. Tiré con tanta fuerza la mochila que terminó en los pies de la única mujer del grupo. Me di vuelta y salí.

—¿Hola?

—Buen día. Esta llamada puede estar siendo grabada para su seguridad. En este momento no... - Tiré el celular lo más lejos que pude, y mientras volaba juro que seguía escuchando "no podemos atend..". Entré nuevamente, apagué todo, acomodé mi mochila en el porta valijas y me eché a dormir como pude.

       Cuando apenas lograba conciliar el sueño, un guardia de casi dos metros de altura y con barba candado bien cortada irrumpió en el camarote. —Al fin, gracias —le dije, entre dormido pero dejando ver una mueca agradable.

—Vamos, la pertenencia. Ya estamos en la 5° parada-.

       Por suerte estaba sentado, porque sentí que me desplomaba. La mujer sacó su billetera y se la dio al guardia. El más joven de todos sacó de su mochila unos auriculares y la imitó. El anciano quedó mirando al suelo, triste.

—¿Qué sucede? —consulté.

—Ustedes dos —y nos señaló al viejo y a mí- su pertenencia de la parada.

       Las manos me comenzaron a temblar, pero no pude enfrentar la situación más que sacando mi tablet y dándosela al guardia. El aire pesaba, como si la inminencia de un castigo fuera inevitable. El viejo miró al guardia, se levantó y salió con é.

       El ruido del tren no fue suficiente para aplacar el golpe seco de algo pesado que cayó al piso. Entre abrí  la puerta mientras llegábamos a la parada. Mi corazón se detuvo. Dos guardias, uno por pie, arrastraban al pobre viejo afuera del tren. Uno de ellos, el que había entrado al camarote, tenía una cachiporra en su cintura con sangre, no había dudas. Cerré tan rápido como pude, giré, y bloqueando la puerta con mi espalda los miré.

—¿Entienden lo que está pasando, verdad? —Ninguno me respondió, y se acomodaron nuevamente.

—¡Hablen, carajo! Nos matan si no les damos algo en cada parada. El  silencio reinaba en el camarote 13.        

       Cuando el tren emprendió la marcha, fui corriendo hacia el baño. Las gotas rojas del piso me descolocaban de la realidad. Pobre viejo, si hubiera sabido quizás le daba mi reloj, mi mochila o algo. El retorcijón de panza me hizo ponerme de cuclillas. En el tren quedaban cada vez menos personas.

—Dios —miré el techo y rompí en llantos.

Cuando pude llegar al baño, vomité lo que me quedaba en la panza. Nos estaban matando a cuenta gotas y nadie decía nada.

Salí del baño y los guardias hablaron por primera vez a través del altavoz:

—Sexta parada.



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