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Aire de Mar- Por Roque Veloz (Punta del Este, Uruguay)

  • Foto del escritor: Pensando En Voz Alta
    Pensando En Voz Alta
  • 1 ago 2023
  • 4 Min. de lectura

Me había pasado antes. Más de una vez.

—Ya nos conocemos, ¿no? —Me sorprendía en la calle de camino al trabajo o pagando las cuentas.

Aunque, ahora era más extraño.

—¿Cuatro de azúcar como siempre?

—No, me gusta amargo.

Los ojos de la moza se dibujaron grandes en la pintura de su cara. Hubiera querido que se quedaran conmigo más de un segundo, pero la cafetería del hospital reventaba de residentes con sus simpatías blancas e impertinentes.

No era felicidad, pero qué alivio para mis nervios no volver a una consulta con aquel viejo de piel floja que alguna vez había tenido esperanza en mi caso. Su último consejo inútil fue que, si tenía la chance de vivir acá, que lo hiciera, porque el aire de mar más limpio podía ayudarme.

—¿Esperó mucho? Lo siento. La ciudad es un caos por la feria.

De los médicos ya no esperaba nada. Lo vi y pensé que sus piernas cortas eran suficiente razón para que llegara tarde a cualquier lado.

Me acomodé en la silla que tenía mejor vista a ese barrio plagado de pinos y casonas vacías. Una vista sin terrazas con ropa colgada.

—Supongo que usted ya sabe a lo que se enfrenta.

Para todos llega la muerte. Del protector gástrico, no me podía olvidar. Tolerar mis otras pastillas sería imposible si no. ¿Dolores insoportables? No, aún no. ¿Falta de sueño? Duermo mejor que cuando estaba casado. ¿Falta de memoria? Protector gástrico, protector gástrico.

Una tormenta amenazaba en la costa y de pronto estaba solo en el consultorio, pero todos vamos a morir.

—Disculpe la demora de nuevo. Ahora sí traje los análisis de sangre correctos. No me va a creer, pero resulta que tenemos otro paciente que se llama igual que usted y además con su edad.

—¿Sobreviviré en mi otro yo?

—Sí, pero si no baja el azúcar, no muy bien.

Antes de la farmacia, otro café me pareció una buena idea. Busqué a la moza y solo encontré el fastidio de su compañero que llevaba la bandeja llena de tazas sucias.

—¡Mauro, no te sientes! Lu fue a descansar.

Salí por la cocina y el cocinero me saludó por mi nombre con gesto cómplice. En la calle el viento comenzaba a hincharse en las esquinas y una pareja se refugiaba de los remolinos de hojas en la rampa del estacionamiento. Era ella que se colgaba del cuello de un morocho de mi altura que se encorvaba hasta su boca y contra la pared se dejaba besar y besaba. ¡Tan igual era a mí! Fui a mi auto y desde ahí podía seguir viéndolo aunque prefería no hacerlo. Era igual y a la vez tenía un aire distinto. Saqué un porro mal armado de la guantera. Me costó prenderlo. Mi tos solo era mía. Entraron en un Gol viejo y los vidrios se empañaron. Si no los interrumpí antes, ahora menos. Unos minutos después, él arrancó y ella quedó revisando su falda. Seguí la nube negra de su escape. El tránsito sí era un caos. Lo perdí por un momento. Lo encontré estacionado en doble fila. Cortaba el tránsito y tiraba besos a todos los que lo puteaban mientras una mujer embarazada se subía.

Conducimos hasta la feria. Al bajar, la mujer le tendió la mano y lo pegó a su cuerpo. Caminaron hacia el tumulto colorido que los recibía en un abrazo lleno de ruido y algodón de azúcar. Entre las tiendas y juegos los nenes corriendo me buscaban para pecharme. Los encontré haciendo una cola ridículamente larga para comprar bebidas. Ella, recostada en su pecho, parecía confiar en todo. Miraba a unos nenes comiendo churros, pero con sus ojos veía más lejos y una mueca hacía de sus labios una invitación a la vida. ¡Qué locura, ella de nuevo! Las piernas me temblaron y hubiera querido que el piso me soltara. Sus manos en su cintura no eran mis manos. De repente, y no por mi deseo, la soltó y se alejó. Hablar con el impostor era un ansia que me apuraba. Él se escurría como el agua, aunque la muchedumbre se apretaba y mis brazos eran remos empujando la masa. Entre insultos avancé y casi lo tenía cuando una mano me detuvo clavándome las uñas.

—¡Qué haces acá, hijo de puta!

El cielo se cubrió y los colores se apagaron.

—Pero Virginia, ¿qué está pasando?, no entiendo nada.

—No tenés nada que entender. Quiero que te vayas.

—¡Pero es igual a mí!

—No es igual a vos, infeliz. Él no me quiere cagar la vida como vos con tus problemas y tus quejas, y tus dudas de pelotudo. ¡Pelotudo desagradecido! ¡Mentiroso! ¡Basura!

Lloraba con rabia, y el viento inflaba las carpas y batía los toldos al ritmo de sus puños contra mi pecho.

—Pero yo no te mentí. Te lo conté y te pedí perdón.

—Me engañaste.

Recordé el sol de una mañana en la que me propuse contar las pecas en su cara.

—Estoy muriendo, Virginia.

—Y te tenés que ir de una vez.

El viento me raspaba la cara y era incapaz de respirarlo.

—Que la sal que te echo te seque por dentro.

Recitó, pintó una cruz en mi frente con sus lágrimas, y las nubes respondieron.

—¡Dije que te fueras!

Una bomba de agua cayó y todos se fueron.

Corrí hacia mi auto, pero la grúa se lo había llevado. En el estacionamiento de la Intendencia pagué la multa y me preguntaron de qué color era mi auto.

—No me acuerdo. —La acidez me comía por dentro.


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